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lunes, 21 de septiembre de 2026

La resistencia a la revolución: La Conspiración de Álzaga y el esclavo que salvó la revolución (4 julio de 1812)

 



El enemigo no solo acechaba en las fronteras; habitaba en el mismísimo corazón de Buenos Aires, infiltrado entre las filas revolucionarias. Tras los acontecimientos de Mayo, mientras una facción realista ofreció una resistencia abierta —sufriendo persecuciones, juicios y el embargo de sus bienes—, otra optó por la cautela y el sometimiento táctico para adaptarse al nuevo orden. Sin embargo, en esta última anidaba un resentimiento latente, a la espera de la menor grieta para salir a la superficie.

Esa oportunidad llegó tras el colapso en la batalla de Huaqui y el avance de la invasión portuguesa en la Banda Oriental. Acorralada, la Junta de Buenos Aires se vio forzada a replegar sus tropas en el Norte y a firmar un armisticio con el bastión realista de Montevideo. En este punto crítico de vulnerabilidad para la Revolución, comenzó a gestarse la contrarrevolución interna.

Durante casi un año, el exalcalde de la ciudad, héroe de las Invasiones Inglesas y el hombre más acaudalado de la plaza, Martín de Álzaga, articuló en secreto la logística y el reclutamiento de la trama. La conspiración tejió una red heterogénea: en la cúspide, comerciantes, militares, frailes, ingenieros y profesores españoles; en las bases, peones, sirvientes y dependientes de sus casas comerciales; y, en el horizonte, el respaldo naval de las fuerzas montevideanas.

Martín de Alzaga (27 de septiembre de 1755- Aramayona, España - 6 de julio de 1812 Buenos Aires

Álzaga logró además la complicidad de oficiales peninsulares que aún prestaban servicio en las filas patriotas, como en los regimientos de Patricios y Montañeses.

El plan era audaz: sublevar a ambas unidades el 5 de julio de 1812, tomar el Fuerte, derrocar al Primer Triunvirato, ejecutar a los líderes revolucionarios y restaurar el dominio de la Corona española en el Río de la Plata.

Todo estaba a punto para ejecutarse, hasta que un esclavo (El negro Ventura) escuchó por azar a un grupo de españoles discutir los pormenores del golpe. Sin perder tiempo, acudió ante su ama, doña Valentina Feijoo, para revelarle la conspiración.

Al ser informado, Bernardino Rivadavia —en representación del Gobierno— ordenó una investigación inmediata que permitió desmantelar la contrarrevolución. En reconocimiento a su valiosa delación, el Triunvirato otorgó a Ventura la libertad mediante la compra de su pase a la patrona. Además, fue recompensado con una gratificación económica, el sueldo y uniforme de soldado del Regimiento N.° 2 y un distintivo de honor grabado con la leyenda: «Por fiel a la Patria».

Medalla entregada al esclavo Ventura "Por fiel a la Patria"


En los primeros días del despliegue policial, Martín de Álzaga logró eludir a las autoridades y mantenerse oculto. Sin embargo, fue capturado en una quinta tras ser delatado por su propio confesor, el sacerdote fray José Calvo, quien reveló a los investigadores el paradero exacto del comerciante vasco. En total, 33 personas fueron detenidas y posteriormente fusiladas.

 

Los Fusilados:

Principales líderes y financistas

  • Martín de Álzaga: Comerciante, ex-alcalde de primer voto del Cabildo y líder de la conspiración.
  • Felipe Sentenach: Militar, ingeniero catalán y profesor de matemáticas en la Academia Militar (artífice técnico del plan).
  • Francisco Tellechea: Acaudalado comerciante vasco y financista.
  • Matías de la Cámara: Empresario, comerciante y yerno de Álzaga.
  • Fray José de las Ánimas: Fraile de la orden de los betlemitas.

Comerciantes, eclesiásticos y civiles peninsulares

  • Esteban de la Rosa
  • José María de la Rosa
  • Manuel de la Rosa
  • Benito de la Rosa
  • Juan Esteban de la Rosa
  • Manuel de los Santos
  • José de los Santos
  • Antonio de los Santos
  • Francisco de Paula
  • José de Paula
  • Pedro Nolasco
  • Francisco Xavier
  • Miguel de la Torre
  • Manuel de la Torre
  • José de la Torre
  • Juan de la Torre

Militantes, suboficiales y personal subordinado

  • Alfonso Castellanos (Alférez)
  • José Fernández
  • Manuel Fernández
  • Antonio Fernández
  • Francisco Martínez
  • José Martínez
  • Manuel Martínez
  • Juan Gómez
  • Pedro Gómez
  • José Gómez
  • Francisco Gómez
  • Manuel Gómez

 

Las ejecuciones se llevaron a cabo entre el 4 y el 21 de julio de 1812 en la Plaza de Mayo. Los ajusticiados eran fusilados e inmediatamente ahorcados; de hecho, algunos cadáveres —entre ellos el del propio Álzaga— permanecieron colgados en la horca durante tres días como escarmiento público. Posteriormente, las autoridades religiosas retiraban los restos para darles sepultura en el cementerio de la Iglesia de San Miguel Arcángel o en las fosas comunes del Hospital de los Bethlemitas.

 

Finalmente, ambos héroes de las invasiones inglesas (Liniers y Alzaga) fueron ejecutados por la revolución.


«Un golpe terrible preparado en la sombra iba a sepultar a la Patria en sus ruinas... La justicia ha debido obrar con la severidad que exigen las circunstancias para asegurar la libertad de todos.»

— Bernardino Rivadavia, carta de oficio enviada a las provincias y al ejército (julio de 1812).

«Los tiranos de Buenos Aires han consumado el más atroz e inhumano crimen pasándole a cuchillo y llevando a la horca a los más virtuosos y leales vasallos de Su Majestad, encabezados por el memorable don Martín de Álzaga...»

— Gaspar de Vigodet, carta dirigida a las autoridades de la Península (agosto de 1812).

«Se me ha traspasado el corazón con las noticias de la conspiración de Álzaga [...]. ¡Qué desgracia! ¡Cuánta sangre! Pero era preciso escarmientar a los enemigos de la patria para no ser víctimas de sus feroces proyectos.»

-Belgrano

«Imploramos la clemencia de vuestra excelencia para que la pena capital sea cambiada por la confiscación de nuestros bienes y la expulsión del suelo patrio, evitando que queden en la orfandad absoluta tantos hijos inocentes...»

 -Familiares de los ejecutados

«No hay día en que no tengamos dos, tres o cuatro ejecuciones. La plaza está hecha un osario y no se oye otra cosa que los tiros de fusil y el doble de las campanas [...]. Álzaga murió con suma compostura y resignación, dando muestras de una piedad que ha conmovido a cuantos le vieron.»

-Fray Cayetano Rodríguez

 


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