El verdadero desafío de una revolución no es tomar el poder, sino conservarlo.
Es por eso, que la verdadera hazaña independentista comenzó después del 25 de mayo de 1810 sin saber cuento iba a dudar, si iba a tener éxito o terminarían todos colgados frente al cabildo.
A Cisneros lo echaron, pero la capital del Virreinato pasó a Montevideo y se nombró a otro virrey. Por lo tanto, España continuaba con el mayor poder político y militar en la zona.
Los primeros años (1810-1812) fueron los más difíciles y los más importantes. El éxito de la revolución dependía de un grupo pequeño de personas sin experiencia. Si alguien se arrepentía, si un ejército de amotinaba, si alguien traicionaba, si alguien dudaba, si algo tardaba más de lo necesario, todo se terminaba en pocos días.
(Además, las juntas de Ecuador y Bolivia habían caído frente a la reacción realista de Lima. Más adelante caerán las de Venezuela, Colombia y Chile. Es por eso que la última chance fue la Junta de Buenos Aires, que, por su posición geográfica, dificultaba bastante el avance desde Lima.)
Lo primero que hizo la Junta fue enviar una circular al interior del Virreinato buscando el reconocimiento a la nueva Junta (27 de mayo 1810). Todos aceptaron menos: Córdoba, Montevideo, Paraguay y el Alto Perú.
Ante la negativa, rápidamente, la Junta envío excursiones militares para obligarlos a aceptar y evitar una contraofensiva española.
Córdoba:
En córdoba vivía Santiago de Liniers. Héroe de las invasiones inglesas, querido y admirados por todos y exvirrey elegido por el pueblo. A pesar de sus 57 años y estar retirado, seguía siendo la figura política y militar más peligrosa a la que debía enfrentar la nueva junta.
«Lo que defiendo en el día no solamente es buenísima, sino santa y obligatoria [...] para con un militar asalariado por su Rey, honrado con las más altas distinciones [...]. No digo con el dogal al cuello, ni con la cuchilla sobre la garganta desmentiré estos sentimientos.»
Santiago de Liniers
Santiago y el gobernador, Juan Gutiérrez de la Concha, apenas lograron juntar unos 500 voluntarios mala armados. El plan era resistir hasta que llegara el refuerzo desde Perú.
Mariano Moreno (Abogado-ministro de guerra) organizó el Ejército del Norte, comandado militarmente por Francisco Ortiz de Ocampo (milicia Arribeños-riojano) / Antonio González Balcarce (Cuerpo de Blandengues de Buenos Aires) y políticamente por el vocal Hipólito Vieytes (comerciante – milicia Patricios).
Estaba formado por 800 de infantería, 200 de caballería y artillería. Eran las milicias de las invasiones inglesas (Patricios, Arribeños, Montañeses, Andaluces, Pardos y Morenos). El objetivo era sofocar la resistencia de Córdoba y luego ir al Norte para evitar el refuerzo español.
Las fuerzas al mando de Francisco Ortiz de Ocampo y Balcarse partieron de Buenos Aires el 6 de julio. A medida que se aproximaban a Córdoba, Balcarse tuvo la genial idea de enviar un grupo de caballería para que se adelantara, rodeara la ciudad, y fuera a capturar a Liniers.
El plan funcionó y Liniers fue capturado el 6 de agosto en las inmediaciones del paraje Piedrita Blanca (en las sierras cordobesas, cerca de Chañar) Exhausto por días escapando en el monte.
Finalmente, el 8 de agosto de 1810, con la sorpresa de que no había resistencia por parte del pueblo, se tomó Córdoba sin un sólo tiro.
Cuando llega la noticia de la captura de Liniers, Mariano Moreno ordenó el fusilamiento de él y de quienes lo acompañaban:
«La Junta manda que sean pasados por las armas Don Santiago Liniers, Don Juan Gutiérrez de la Concha, el Obispo de Córdoba, Don Victorino Rodríguez, el Doctor Moreno y el Coronel Allende. Cuanto antes sean aprehendidos estos individuos, serán fusilados en cualquier punto en que se los encuentre. Si la Junta ha podido providenciar en la quietud de su gabinete la salvación de la patria, lo que no ha podido evitar es el dolor de ver ejecutadas unas medidas que la necesidad exige... Pero la junta no perdonará a nadie que ponga obstáculos a la victoria final.»
Mariano Moreno
Francisco Ortiz de Ocampo no pudo fusilar a Liniers:
¿Por qué?
Porque era un exvirrey (y había que asumir las posibles consecuencias) y porque todos querían y admiraban a Liniers.
Y para Francisco era todavía más difícil. Había sido su aprendiz y súbdito durante las invasiones inglesa. Fue la persona que lo condecoró y lo ascendió por su valentía. Ocampo había logrado llegar a ese lugar en su carrera militar gracias a él. Era su amigo.
Ante su impedimento de matarlo, tomó la decisión de tomarlo prisionero y llevarlo a Buenos Aires para ser juzgado. Sin embargo, contradecir a la Junta iba a tener consecuencias.
Mariano Moreno quería que lo mataran cuanto antes:
¿Por qué?
Porque la revolución llevaba muy poco tiempo. Todo se podía dar vuelta todavía. Había que actuar rápido y con firmeza.
No quería que lo traigan a Buenos Aires porque era un héroe querido por todos, a pesar de no apoyar la revolución. Para Moreno era el candidato a transformarse en el líder de la contra revolución. Había que matarlo rápido y lejos de Buenos Aires.
Por lo tanto, decide enviar a Castelli, acompañado por Nicolás Rodríguez Peña y Domingo French con una comitiva militar (se cree que eran soldados ingleses desertores de las invasiones con intención de evitar cualquier vínculo emocional) para reemplazar a Ocampo y llevar a cabo el deseo de la Junta.
«Vaya usted, doctor Castelli, y espero que no incurra en la misma debilidad que nuestro general [Ortiz de Ocampo]; si todavía existe Liniers, quítele la vida. Vaya usted doctor, que como los revolucionarios franceses han dicho alguna vez, cuando lo exige la salvación de la patria, debe sacrificarse sin reparo hasta el ser más querido.»
Mariano Moreno
Los interceptaron dirigiéndose a Buenos Aires el 26 de agosto en la posta de Cabeza de Tigre (formaba parte del antiguo Camino Real del Perú, el trayecto que unía el Puerto de Buenos Aires con Córdoba y el Alto Perú). Hoy, se lo conoce como monte de los papagayos en Córdoba, y ahí se llevó a cabo el fusilamiento.
Los fusilados:
• Santiago de Liniers (exvirrey)
• Juan Gutiérrez de la Concha (gobernador de Córdoba)
• Victorino Rodríguez (miembro del Cabildo)
• Santiago Alejo de Allende (coronel de milicias)
• Joaquín Moreno (oficial real)
El obispo Rodrigo de Orellana fue salvado de la ejecución por su condición religiosa, aunque fue enviado prisionero.
Liniers pidió mirar de frente a sus ejecutores sin vendaje en los ojos y dejó una carta escrita a sus hijos: “Les dejo mi honor intacto... Perdono a los que me han condenado y pido a Dios que me libre de las penas del purgatorio.”
French ordenó la descarga y Liniers no murió al instante, quedó agonizando en el suelo. El mismo French, se acercó y le aplicó el tiro de gracia.
-French regresó a Buenos Aires.
-El ejército del norte continuó camino, pero sin Ocampo y con Castelli al mando.
- En 1861, los restos de Liniers y Gutiérrez de la Concha fueron identificados, exhumados y repatriados a España por disposición del gobierno español.
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| Panteón de Marinos Ilustres ubicado en la población militar de San Carlos, en San Fernando (Cádiz), España |
Córdoba será el único, de los que no aceptaron a la Junta, que se termine anexando. Los demás, los perderemos para siempre.
«No se contempló en las personas de los delincuentes la calidad de sus empleos, ni sus antiguas consideraciones. La junta no puede dejar de escarmentar este atentado [...]. La ley es igual para todos, y la salud de la patria no puede sacrificarse a miradas personales... Sólo el temor del suplicio puede servir de escarmiento a los cómplices.»
Mariano Moreno, septiembre 1810
«La aprehensión de estos individuos y su triste fin causó un dolor general a todos los amantes de la patria... Liniers era un héroe popular por las Invasiones Inglesas, pero su conducta en Córdoba nos puso en la alternativa de morir nosotros o hacerlos morir a ellos. La junta juzgó indispensable su ejecución para contener a los demás enemigos.»
Cornelio Saavedra
«El fusilamiento de Liniers y sus compañeros infundió un terror saludable en los enemigos de la Revolución, pero a la vez dejó en el ánimo de muchos una impresión de horror que no se borró jamás. Se comprendió desde aquel momento que la contienda que empezaba no admitía término medio entre la victoria o el cadalso.»
José María Paz

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