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| Matías de Irigoyen y de la Quintana |
Para la Corona española, la Revolución de Mayo no
era más que un acto ilegal perpetrado por «piratas rebeldes» y un golpe de
Estado impulsado por una facción de insurgentes. El objetivo primordial de las
misiones diplomáticas patrias fue transformar esa percepción en el exterior:
era imperioso demostrar a las potencias europeas que en el Río de la Plata se
estaba estructurando un gobierno estable, legal y con vocación de orden. Sin la
validación ni el respaldo de Europa, la causa revolucionaria corría el riesgo
de colapsar rápidamente.
En ese tablero geopolítico, Gran Bretaña
desempeñaba un rol determinante gracias a su hegemonía absoluta sobre los mares
y las rutas comerciales. Lograr el reconocimiento —o al menos la neutralidad
estratégica— de Londres resultaba vital. Los buques mercantes británicos no
solo transportaban manufacturas, sino también los fusiles y la pólvora
indispensables para sostener las batallas de la independencia. Asimismo, la
simpatía británica garantizaba un escudo naval implícito ante eventuales
intentos españoles de bloquear el puerto de Buenos Aires.
La Misión de Matías de Irigoyen y
de la Quintana
El primer enviado diplomático designado por la
Primera Junta fue Matías de Irigoyen y de la Quintana, un joven oficial
de tan solo 29 años. Nacido en Buenos Aires en el seno de una de las familias
más distinguidas de la elite local, se formó militarmente en España e integró
la Real Armada Española, con la que llegó a combatir en la célebre batalla de
Trafalgar (1805). Tras su regreso al Río de la Plata en 1809, se sumó
decididamente a la causa patriota junto a sus hermanos (que habían peleado en las
invasiones inglesas), participando activamente en el histórico Cabildo Abierto
del 22 de mayo.
El 28 de mayo de 1810, la Junta redactó un pliego
diplomático oficial notificando la instalación del nuevo gobierno a Percy
Clinton Sydney Smythe, Lord Strangford, embajador británico ante la
corte portuguesa afincada en Río de Janeiro y centro neurálgico de la flota
británica en el Atlántico Sur.
"La Junta Gubernativa de estas provincias nombró al Capitán de
Fragata Don Matías de Irigoyen para que pasando a Inglaterra en clase de
Comisionado de este Gobierno, exponga al de Su Majestad Británica los sinceros
sentimientos de adhesión a la justa causa que sostiene la nación española... y
manifieste las causas legítimas que han obligado a este Pueblo a tomar la
administración de sus negocios..."
Credencial expedida a Irigoyen Firmado por Mariano Moreno, Cornelio
Saavedra y los demás vocales el 10 de junio de 1810.
Irigoyen zarpó de Buenos Aires el 10 de junio y
desembarcó en Río de Janeiro el 23 de junio. Allí entregó personalmente el
comunicado a Strangford. Sus objetivos eran claros:
- Informar
oficialmente a la Corona británica sobre los sucesos de Mayo y la
caducidad del poder virreinal.
- Solicitar
la neutralidad benevolente y la protección naval de Gran Bretaña.
- Gestionar
la adquisición directa de armamento, pólvora y pertrechos militares.
Strangford no mostró sorpresa. Aplicó de inmediato
la línea diplomática encomendada por Londres: garantizó que la flota británica
disuadiría cualquier pretensión expansionista o militar de la corte
lusobrasileña sobre el Río de la Plata y aconsejó a los criollos mantener la
«máscara de Fernando VII» para no comprometer la alianza anglo-española contra
Napoleón en Europa. Con estas garantías, el embajador le facilitó cartas de
recomendación para su siguiente destino: Londres.
"Ha llegado a esta capital el Señor Don Matías de Irigoyen, enviado
por la Junta de Buenos Aires para pasar a Londres... Su objeto aparente es dar
cuenta a Vuestra Excelencia de la revolución ocurrida en aquella provincia,
solicitando la protección y el comercio de Gran Bretaña. He creído conveniente
facilitarle su viaje a Inglaterra para que el Gobierno de Su Majestad sea
informado directamente de la verdadera situación de las cosas en el Río de la
Plata..."
Lord Strangford escribió a su gobierno
La negociación en la capital del
Imperio
Irigoyen arribó a la capital británica el 5 de
agosto de 1810. Allí entró en contacto con el círculo diplomático
hispanoamericano y fue recibido informalmente por Richard Colley Wellesley
(1.ᵉʳ Marqués Wellesley), Secretario de Asuntos Exteriores (Foreign
Secretary) y hermano mayor del futuro Duque de Wellington.
"La posición de Buenos Aires exige pertrechos de marina y armamento
para la seguridad de sus costas y el libre ejercicio del comercio
internacional... La Junta confía en que la generosa nación británica sabrá
apreciar la conducta de un pueblo libre que busca defender su territorio y
mantener sus compromisos comerciales..."
Irigoyen elevó notas oficiales al Foreign Office
Debido a la alianza anglo-española en la península
ibérica, Wellesley no podía otorgar una audiencia pública oficial sin provocar
un conflicto con la Regencia de Cádiz. Sin embargo, a través de sus secretarios
privados, escuchó detenidamente las peticiones rioplatenses. Las conversaciones
aseguraron que la Real Armada británica mantendría una posición neutral sin
bloquear las costas rioplatenses, abriendo además las vías para que
comerciantes privados ingleses abastecieran de armas a Buenos Aires.
En Londres, Irigoyen coincidió con otros agentes
criollos, entre ellos Tomás Guido (quien arribó en mayo de 1811 tras el
trágico fallecimiento de Mariano Moreno en alta mar) y Manuel de Sarratea,
enviado posteriormente como refuerzo diplomático. Paralelamente, entabló
sólidas relaciones con casas comerciales británicas interesadas en la apertura
definitiva del libre comercio.
En junio de 1811, con las gestiones consolidadas,
Irigoyen emprendió el regreso. Tras una escala técnica en Río de Janeiro,
desembarcó en Buenos Aires el 12 de noviembre de 1811 trayendo consigo el
primer lote de pertrechos y fusiles ingleses, fundamentales para fortalecer las
campañas del Ejército del Norte y las Provincias Unidas.
"Se ha sabido con indignación del envío de comisionados de la Junta de Buenos Aires a potencias extranjeras sin la debida autorización de este Consejo Superior... Esas comisiones no tienen otro fin que buscar auxilios clandestinos para sostener una conducta insubordinada contra la autoridad legítima de la Metrópoli..."
Desde la
península, el gobierno realista vio con extrema alarma la misión diplomática de
Irigoyen ante sus aliados británicos

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