El enemigo no solo acechaba en
las fronteras; habitaba en el mismísimo corazón de Buenos Aires, infiltrado
entre las filas revolucionarias. Tras los acontecimientos de Mayo, mientras una
facción realista ofreció una resistencia abierta —sufriendo persecuciones,
juicios y el embargo de sus bienes—, otra optó por la cautela y el sometimiento
táctico para adaptarse al nuevo orden. Sin embargo, en esta última anidaba un
resentimiento latente, a la espera de la menor grieta para salir a la
superficie.
Esa oportunidad llegó tras el
colapso en la batalla de Huaqui y el avance de la invasión portuguesa en la
Banda Oriental. Acorralada, la Junta de Buenos Aires se vio forzada a replegar
sus tropas en el Norte y a firmar un armisticio con el bastión realista de
Montevideo. En este punto crítico de vulnerabilidad para la Revolución, comenzó
a gestarse la contrarrevolución interna.
Durante casi un año, el exalcalde
de la ciudad, héroe de las Invasiones Inglesas y el hombre más acaudalado de la
plaza, Martín de Álzaga, articuló en secreto la logística y el reclutamiento de
la trama. La conspiración tejió una red heterogénea: en la cúspide,
comerciantes, militares, frailes, ingenieros y profesores españoles; en las
bases, peones, sirvientes y dependientes de sus casas comerciales; y, en el
horizonte, el respaldo naval de las fuerzas montevideanas.
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| Martín de Alzaga (27 de septiembre de 1755- Aramayona, España - 6 de julio de 1812 Buenos Aires |
Álzaga logró además la complicidad de oficiales peninsulares que aún prestaban servicio en las filas patriotas, como en los regimientos de Patricios y Montañeses.
El plan era audaz: sublevar a
ambas unidades el 5 de julio de 1812, tomar el Fuerte, derrocar al Primer
Triunvirato, ejecutar a los líderes revolucionarios y restaurar el dominio de
la Corona española en el Río de la Plata.
Todo estaba a punto para
ejecutarse, hasta que un esclavo (El negro Ventura) escuchó por azar a un grupo de españoles
discutir los pormenores del golpe. Sin perder tiempo, acudió ante su ama, doña
Valentina Feijoo, para revelarle la conspiración.
Al ser informado, Bernardino
Rivadavia —en representación del Gobierno— ordenó una investigación inmediata
que permitió desmantelar la contrarrevolución. En reconocimiento a su valiosa
delación, el Triunvirato otorgó a Ventura la libertad mediante la compra de su
pase a la patrona. Además, fue recompensado con una gratificación económica, el
sueldo y uniforme de soldado del Regimiento N.° 2 y un distintivo de honor
grabado con la leyenda: «Por fiel a la Patria».
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Medalla entregada al esclavo Ventura "Por fiel a la Patria" |
En los primeros días del
despliegue policial, Martín de Álzaga logró eludir a las autoridades y
mantenerse oculto. Sin embargo, fue capturado en una quinta tras ser delatado
por su propio confesor, el sacerdote fray José Calvo, quien reveló a los
investigadores el paradero exacto del comerciante vasco. En total, 33 personas
fueron detenidas y posteriormente fusiladas.
Los Fusilados:
Principales líderes y
financistas
- Martín de Álzaga: Comerciante, ex-alcalde de
primer voto del Cabildo y líder de la conspiración.
- Felipe Sentenach: Militar, ingeniero catalán
y profesor de matemáticas en la Academia Militar (artífice técnico del
plan).
- Francisco Tellechea: Acaudalado comerciante
vasco y financista.
- Matías de la Cámara: Empresario, comerciante
y yerno de Álzaga.
- Fray José de las Ánimas: Fraile de la orden
de los betlemitas.
Comerciantes, eclesiásticos y
civiles peninsulares
- Esteban de la Rosa
- José María de la Rosa
- Manuel de la Rosa
- Benito de la Rosa
- Juan Esteban de la Rosa
- Manuel de los Santos
- José de los Santos
- Antonio de los Santos
- Francisco de Paula
- José de Paula
- Pedro Nolasco
- Francisco Xavier
- Miguel de la Torre
- Manuel de la Torre
- José de la Torre
- Juan de la Torre
Militantes, suboficiales y
personal subordinado
- Alfonso Castellanos (Alférez)
- José Fernández
- Manuel Fernández
- Antonio Fernández
- Francisco Martínez
- José Martínez
- Manuel Martínez
- Juan Gómez
- Pedro Gómez
- José Gómez
- Francisco Gómez
- Manuel Gómez
Las ejecuciones se llevaron a
cabo entre el 4 y el 21 de julio de 1812 en la Plaza de Mayo. Los ajusticiados
eran fusilados e inmediatamente ahorcados; de hecho, algunos cadáveres —entre
ellos el del propio Álzaga— permanecieron colgados en la horca durante tres
días como escarmiento público. Posteriormente, las autoridades religiosas
retiraban los restos para darles sepultura en el cementerio de la Iglesia de
San Miguel Arcángel o en las fosas comunes del Hospital de los Bethlemitas.
«Un golpe terrible preparado en la sombra iba a sepultar a la Patria en
sus ruinas... La justicia ha debido obrar con la severidad que exigen las
circunstancias para asegurar la libertad de todos.»
— Bernardino Rivadavia, carta de
oficio enviada a las provincias y al ejército (julio de 1812).
«Los tiranos de Buenos Aires han consumado el más atroz e inhumano
crimen pasándole a cuchillo y llevando a la horca a los más virtuosos y leales
vasallos de Su Majestad, encabezados por el memorable don Martín de Álzaga...»
— Gaspar de Vigodet, carta dirigida a las autoridades de la Península (agosto de 1812).
«Se me ha traspasado el corazón
con las noticias de la conspiración de Álzaga [...]. ¡Qué desgracia! ¡Cuánta
sangre! Pero era preciso escarmientar a los enemigos de la patria para no ser víctimas
de sus feroces proyectos.»
-Belgrano
«Imploramos la clemencia de
vuestra excelencia para que la pena capital sea cambiada por la confiscación de
nuestros bienes y la expulsión del suelo patrio, evitando que queden en la
orfandad absoluta tantos hijos inocentes...»
«No hay día en que no tengamos
dos, tres o cuatro ejecuciones. La plaza está hecha un osario y no se oye otra
cosa que los tiros de fusil y el doble de las campanas [...]. Álzaga murió con
suma compostura y resignación, dando muestras de una piedad que ha conmovido a
cuantos le vieron.»
-Fray Cayetano Rodríguez










