martes, 26 de julio de 2016

"La vanidad de la vida"




En mis cotidianas visitas al museo de bellas artes, siempre se lleva a cabo un interesante encuentro.

Al entrar, bajo las escaleras y giro a la izquierda rápidamente. Con un gran esfuerzo para no dejarme vencer por la tentación de poder apreciar otros cuadros y sin pedirle permiso a la lectura lineal que ofrece el museo, entro directamente, y sin culpa alguna, al pabellón de arte Barroco. Entre todos los cuadros, hay uno que me hace reflexionar cada vez que lo vuelvo a ver. 
Lo que más me gusta de la obra es el logro de dinamismo de la misma. Es un video, es un GIF. Aparecen personajes en un orden pre-establecido. A medida que lo hacen, las sensaciones en uno van cambiando bruscamente. Pasas del placer al miedo en segundos. Todo esto en una pintura inmóvil del SXVII.
Cuando te paras enfrente del cuadro, lo primero que vez es a una joven reposando a la derecha. El cuadro y los ojos del espectador son para ella. Semidesnuda sobre una cama mientras sostiene un ramillete de flores y su gesto es una mezcla de placer, confianza, vida y juventud.
Rápidamente, el ojo nos lleva al segundo personaje. Un viejo nos sorprende en una imagen de flores y jóvenes desnudas llenas de vida. Su barba, su cuerpo flaco y sus arrugas, nos hacen de a poco, cambiar la expresión en nuestra cara. Ese viejo es Saturno, el Dios griego del Tiempo. Luego, denotamos sus alas, que lo acusan de no ser un simple mortal y percibimos el reloj de arena, como símbolo del paso del tiempo.
Por último, y tardando un poco más, nos damos cuenta que en ese cuadro no son dos, sino tres. Aparece de la nada, detrás de la joven y casi asustándonos, un esqueleto. Mientras digerimos la escena, nos percatamos de que lleva una guadaña entre sus falanges. Ese simple esqueleto, se transforma en la muerte misma. 
Estos personajes, no solo van apareciendo en orden por su ubicación en el cuadro, sino también por la luz que cada uno posee. La joven es la más iluminada, por eso el ojo va primero a ella, luego van a Saturno y por último a la muerte, casi sin luz alguna.
La joven representa “la vida” y su representación es perfecta. Es una mujer joven, ya que son ellas las que dan a luz y amamantas a sus crías. Es difícil no relacionarlas con la vida de cualquier ser humano. 
Luego, su pose placentera, su cama sin hacer, su cuerpo desnudo y sin hambre, su mirada panóptica a su ramillete de flores frescas que no le permiten ver más allá y su sonrisa forzada, hacen que posea una actitud arrogante. Y aquí está la clave. La joven (vida) piensa que nada malo le puede pasar y que la muerte está muy lejos. Sin embargo, la muerte no sólo no está lejos, sino que está atrás de ella. 
Mientras tanto, el tiempo, con sus alas y firmeza, cumple con su trabajo. Quizás, trata de avisarle por el gesto de su mano izquierda, pero claro, la joven no logra prestar atención a otra cosa.
La magia de esta obra no es tanto la interpretación sino el logro del autor en que el espectador viva esa misma moraleja a medida que aprecia el cuadro. Primero vemos a la niña joven y sentimos placer y relajación, luego la mirada nos lleva al viejo y dudamos y por último, descubrimos a la muerte en el fondo y nos da miedo y sorpresa. 
Un cuadro que me enseñó que la proximidad de morir no sólo es una problemática de aquella época sino un problema eterno de nuestra arrogancia de creernos únicos y eternos.

La obra: "La vanidad de la vida" (Anónimo) SXVII

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